Tristana
Tristana —¿Quieres que te dicte yo? Pues oye: «¡Qué bonito eres, qué pillín te ha hecho Dios y qué… qué desabridas son tantas perfecciones!… No, no me caso contigo ni con ningún serafín terrestre ni celeste…». Pero qué, ¿te ríes? Adelante. «Pues no me caso… Que esté coja o no lo esté, eso no te importa a ti. Tengo quien me quiera tal como soy ahora, y con una sola patita valgo más que antes con las dos. Para que te vayas enterando, ángel mío…». No, esto de ángel es un poquito cursi… «pues, para que te vayas enterando, te diré que tengo alas… me han salido alas. Mi papá piensa traerme todos los trebejos de pintura, y ainda mais, me comprará un organito, y me pondrá profesor para que aprenda a tocar música buena… Ya verás… Comparados conmigo, los ángeles del cielo serán unos murguistas…».
Soltaron ambos la risa, y animado don Lope con su éxito, siguió hiriendo aquella cuerda, hasta que Tristana hubo de cortar bruscamente la conversación, diciendo con toda seriedad: «No, no; yo escribiré… yo sola».
Dejola D. Lope un momento, y escribió la cojita su carta, breve y sentida: