Tristana
Tristana «Señor de mi alma: ya Tristana no es lo que fue. ¿Me querrás lo mismo? El corazón me dice que sí. Yo te veo más lejos aún que antes te veía, más hermoso, más inspirado, más generoso y bueno. ¿Podré llegar hasta ti con la patita de palo, que creo me pondrán? ¡Qué mona estaré! Adiós. No vengas. Te adoro lejos, te ensalzo ausente. Eres mi Dios, y como Dios, invisible. Tu propia grandeza te aparta de mis ojos… hablo de los de la cara… porque con los del espíritu bien claro te veo. Hasta otro día».
Cerró ella misma la carta y le puso el sello, dándola a Saturna, que, al tomarla, hizo un mohín de burla. Por la tarde, hallándose solas un momento, la criada se franqueó en esta forma: «Mire, esta mañana no quise decir nada a la señorita por hallarse presente D. Lepe. La carta… aquí la tengo. ¿Para qué echarla al correo, si el D. Horacio está en Madrid? Se la daré en propia mano esta noche».
Palideció la inválida al oír esto, y después se le encendió el rostro. No supo qué decir ni se le ocurría nada.
«Te equivocas —dijo al fin—. Habrás visto a alguno que se le parezca».