Tristana
Tristana —¡Señorita, cómo había de confundir…! ¡Qué cosas tiene! El mismo. Hablamos más de media hora. Empeñado el hombre en que le contara todo, punto por punto. ¡Ay, si le viera la señorita! Está más negro que un zapato. Dice que se ha pasado la vida corriendo por montes y mares, y que aquello es muy precioso… pero muy precioso… Pues nada; le conté todo, y el pobrecito… como la quiere a usted tanto, me comía con los ojos cuando yo le hablaba… Dice que se avistará con D. Lope para cantarle clarito.
—¡Cantarle clarito!… ¿qué?
—Él lo sabrá… Y está rabiando por ver a la señorita. Es preciso que lo arreglemos, aprovechando una salida del señor…
Tristana no dijo nada. Un momento después pidió a Saturna que le llevase un espejo y mirándose en él se afligió extremadamente.
«Pues no está usted tan desfigurada… vamos».
—No digas. Parezco la muerte… Estoy horrorosa… (echándose a llorar). No me va a conocer. Pero ¿ves? ¿Qué color es este que tengo? Parece de papel de estraza. Los ojos son horribles, de tan grandes como se me han puesto… ¡Y qué boca, santo Dios! Saturna, llévate el espejo y no vuelvas a traérmelo aunque te lo pida.