Tristana

Tristana

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En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. Lepe las horribles amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que su situación era de las más florecientes. No sólo le llevó los avíos de pintar, dos cajas de colores para óleo y acuarela, pinceles, caballetes y demás, sino también el organito o armónium que le había prometido, para que se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres. En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio, suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo tarde era ya para adquirir la destreza, que sólo da un precoz y duro trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento, menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma. Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista de primer orden, y con tal idea se animó y tuvo algunas horitas de felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural. «Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato… o con el de Saturna?».


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