Tristana
Tristana Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en alguna copia, y D. Lope prometió traerle buenos estudios de cabeza o paisaje para que escogiese.
El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre cojita, y… al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la dificultad.
«¡Pero señor —dijo Saturna—, si tenemos ahí!… No sea bobo, déjeme y le traigo…».
Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido pensamiento.
«Haz lo que quieras, mujer —indicó don Lope, alzando los hombros—. Por mí…».
Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje, bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro.