Tristana
Tristana «Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural… Ea, no sea malo y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice que tiene el corazón grande?».
—Saturna —replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del cuchillo—. Lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que esta casa y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente está.
—Pues entonces… pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias a Dios; digo… por desgracia. No sea el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Si quiere que Dios le perdone todas sus barrabasadas y picardías, tanto engaño de mujeres y burla de maridos, hágase cargo de que los jóvenes son jóvenes, y de que el mundo y la vida y las cositas buenas son para los que empiezan a vivir, no para los que acaban… Con que tenga un… ¿cómo se dice?, un rasgo, D. Lepe, digo, don Lope… y…
En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a buenas.
«¿Con que un rasgo…? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que yo soy tan viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú misma, con tus cincuenta…».
—¡Cincuenta! Quite usted jierro, señor.