Tristana
Tristana —Pongamos treinta… y cinco.
—Y dos. Ni uno más. ¡Vaya!
—Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo estuviese de humor y te… No, no te ruborices… ¡Si pensarás que eres un esperpento!… No; arreglándote un poquito, resultarías muy aceptable. Tienes unos ojos que ya los quisieran más de cuatro.
—Señor… vamos… Pero qué… ¿también a mí me quiere camelar? —dijo la doméstica, familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un lado de la mesa la fuente vacía de la carne y sentarse frente a su amo, los brazos en jarras.
—No… no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he cortado la coleta y ya se acabaron las bromas y las cositas malas. Quiero tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre el otro amor, ya sabes… y soy capaz, por hacerla dichosa, de todos los rasgos, como tú dices, que… En fin, ¿qué hay?… ¿Ese mequetrefe…?
—Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo.
—¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos?