Tristana
Tristana —No lo sabes. Enamorada de un hombre que no existe, porque si existiera, Saturna, sería Dios, y Dios no se entretiene en venir al mundo para diversión de las muchachas. Ea, basta de palique; tráeme el café…
Corrió Saturna a la cocina, y al volver con el café permitiose comentar las últimas ideas expresadas por D. Lope.
«Señor, lo que yo digo es que se quieren, sea por lo fino, sea por lo basto, y que el don Horacio desea verse con la señorita… Viene con buen fin».
—Pues que venga. Se irá con mal principio.
—¡Ay, qué tirano!
—No es eso… Si no me opongo a que se vean —dijo el caballero, encendiendo un cigarro—. Pero antes conviene que yo mismo hable con ese sujeto. Ya ves si soy bueno. ¿Y este rasgo?… Hablar con él, sí, y decirle… ya, ya sabré yo…
—¿Apostamos a que le espanta?