Tristana
Tristana —No; le traeré, traerele yo mismo. Saturna, esto se llama un rasgo. Encárgate de avisarle que me espere en su estudio una de estas tardes… mañana. Estoy decidido. (Paseándose inquieto por el comedor). Si Tristana quiere verle, no la privaré de ese gusto. Cuanto antojo tenga la niña se lo satisfará su amante padre. Le traje los pinceles, le traje el armónium, y no basta. Hacen falta más juguetes. Pues venga el hombre, la ilusión, la… Saturna, di ahora que no soy un héroe, un santo. Con este solo arranque lavo todas mis culpas y merezco que Dios me tenga por suyo. Con que…
—Le avisaré… Pero no salga con alguna patochada. ¡Vaya, que si le da por asustar a ese pobre chico…!
—Se asustará sólo de verme. Saturna, soy quien soy… Otra cosa: con maña vas preparando a la niña. Le dices que yo haré la vista gorda, que saldré exprofeso una tarde para que él entre y puedan hablarse como una media hora nada más… No conviene más tiempo. Mi dignidad no lo permite. Pero yo estaré en casa, y… Mira, se abrirá una rendijita en la puerta para que tú y yo podamos ver cómo se reciben el uno al otro y oír lo que charlen.
—¡Señor…!
—¿Tú qué sabes…? Haz lo que te mando.
—Pues haga usted lo que le aconsejo. No hay tiempo que perder. D. Horacio tiene mucha prisa…