Tristana
Tristana —No, juguete precisamente, no… Pero… Yo soy viejo, como usted ve, muy práctico en cosas de la vida, en pasiones y afectos, y sé que las inclinaciones juveniles tienen siempre un cierto airecillo de juego de muñecas… No hay que tomarlo a mal. Cada cual ve estas cosas según su edad. El prisma de los veinticinco o de los treinta años descompone los objetos de un modo gracioso y les da matices frescos y brillantes. El cristal mío me presenta las cosas de otro modo. En una palabra: que yo veo la inclinación de la niña con indulgencia paternal; sí, con esa indulgencia que siempre nos merece la criatura enfermita, a quien es forzoso dispensar los antojos y mimos, por extravagantes que sean.
—Dispénseme, señor mío —dijo Horacio con gravedad, sobreponiéndose a la fascinación que el mirar penetrante del caballero ejercía sobre él, encogiéndole el ánimo—, dispénseme. Yo no puedo apreciar con ese criterio de abuelo chocho la inclinación que Tristana me tiene, y menos la que por ella siento.