Tristana

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—Pues por eso no hemos de reñir —replicó Garrido, acentuando más la urbanidad y el desdén con que le hablaba—. Yo pienso lo que he tenido el honor de manifestarle; piense usted lo que guste. No sé si usted rectificará su manera de apreciar estas cosas. Yo soy muy viejo, muy curtido, y no sé rectificarme a mí propio. Lo que hay es que, dejándole a usted pensar lo que guste, yo vengo a decirle que, pues desea usted ver a Tristanita, y Tristanita se alegrará de verle, no me opongo a que usted honre mi casa; al contrario, tendré una satisfacción en ello. ¿Creía tal vez que yo iba a salir por el registro del padre celoso o del tirano doméstico? No, señor. No me gustan a mí los tapujos, y menos en cosa tan inocente como esta visita. No, no es decoroso que ande el novio buscándome las vueltas para entrar en casa. Usted y yo no ganamos nada, el uno colándose sin mi permiso, y el otro atrancando las puertas como si hubiera en ello alguna malicia. Sí, Sr. D. Horacio, usted puede ir, a la hora que yo le designe, se entiende. Y si resultase que habría que repetir las visitas, porque así conviniera a la paz de mi enferma, ha de prometerme usted no entrar nunca sin conocimiento mío.

—Me parece muy bien —afirmó Díaz, que poco a poco se iba dejando conquistar por la agudeza y pericia mundana del atildado viejo—. Estoy a sus órdenes.


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