Tristana
Tristana Al oír esto, la señorita de Reluz no pudo contenerse, y sintiendo que le azotaba el alma una racha de ira, venida quién sabe de dónde, como soplo de huracán, se irguió y le dijo:
«¿Qué hablas ahí de honor? Yo no lo tengo: me lo has quitado tú, me has perdido».
Rompió a llorar tan sin consuelo, que D. Lope varió bruscamente de tono y de expresión. Llegose a ella, soltando el cigarro sobre un velador, y estrechándole las manos se las besó y en la cabeza la besó también con no afectada ternura.
«Hija mía, me anonadas juzgándome de una manera tan ejecutiva. Verdad que… Sí, tienes razón… Pero bien sabes que no puedo mirarte como a una de tantas, a quienes… No, no es eso. Tristana, sé indulgente conmigo; tú no eres una víctima; yo no puedo abandonarte, no te abandonaré nunca, y mientras este triste viejo tenga un pedazo de pan, será para ti».
—¡Hipócrita, falso, embustero! —exclamó la esclava, sintiéndose fuerte.
—Bueno, hija, desahógate, dime cuantas picardías quieras (volviendo a tomar su cigarro); pero déjame hacer contigo lo que no he hecho con mujer alguna, mirarte como un ser querido… esto es bastante nuevo en mí… como un ser de mi propia sangre… ¿Que no lo crees?
—No, no lo creo.