Tristana
Tristana —Pues ya te irás enterando. Por de pronto, he descubierto que andas en malos pasos. No me lo niegues, por Dios. Dime que es tontería, frivolidad, cosa sin importancia; pero no me lo niegues. Pues ¡si yo quisiera vigilarte…! Pero no, no, el espionaje me parece indigno de ti y de mí. No hago más que darte un toquecito de atención, decirte que te veo, que te adivino, que al fin y a la postre nada podrás ocultarme, porque si me pongo a ello, hasta los pensamientos extraeré de tu magín para verlos y examinarlos; hasta tus impresiones más escondidas te sacaré cuando menos lo pienses. Chiquilla, cuidado, vuelve en ti. No se hablará más de ello si me prometes ser buena y fiel; pero si me engañas, si vendes mi dignidad por un puñado de ternuras que te ofrezca cualquier mocoso insípido… no te asombres de que yo me defienda. Nadie me ha puesto la ceniza en la frente todavía.
—Todo es infundado, todo cavilación tuya —dijo Tristana por decir algo—, yo no he pensado en…
—Allá veremos —replicó el tirano volviendo a flecharla con su mirada escrutadora—. Con lo hablado basta. Eres libre para salir y entrar cuando gustes; pero te advierto que a mí no se me puede engañar… Te miro como esposa y como hija, según me convenga. Invoco la memoria de tus padres…