Tristana
Tristana —¡Mis padres! —exclamó la niña reanimándose—. ¡Si resucitaran y vieran lo que has hecho con su hija…!
—Sabe Dios si sola en el mundo, o en otras manos que las mías, tu suerte habría sido peor —replicó D. Lope, defendiéndose como pudo—. Lo bueno, lo perfecto, ¿dónde está? Gracias que Dios nos conceda lo menos malo y el bien relativo. Yo no pretendo que me veneres como a un santo; te digo que veas en mí al hombre que te quiere con cuantas clases de cariño pueden existir, al hombre que a todo trance te apartará del mal, y…
—Lo que veo —interrumpió Tristana— es un egoísmo brutal, monstruoso, un egoísmo que…
—El tonillo que tomas —dijo Garrido con acritud—, y la energía con que me contestas me confirman en lo mismo, chicuela sin seso. Idilio tenemos, sí. Hay algo fuera de casa que te inspira aborrecimiento de lo de dentro, y al propio tiempo te sugiere ideas de libertad, de emancipación. Abajo la caretita. Pues no te suelto, no. Te estimo demasiado para entregarte a los azares de lo desconocido y a las aventuras peligrosas. Eres una inocentona sin juicio. Yo puedo haber sido para ti un mal padre. Pues mira, ahora se me antoja ser padre bueno.