Zumalacárregui
Zumalacárregui Retirose con esto la partida, y despedidos los de la venta, previa la amenaza de fusilarles si daban el soplo a los cristinos, Fago y los suyos esperaron con vivísima ansiedad, pues en aquel caso se jugaban la vida. Discurrieron abrir un gran hoyo y enterrar el cañón: sólo una pala y una azada tenían; pero con tanto ahínco trabajaron, haciendo sus manos oficio de paletas, que el hoyo quedó abierto en media hora, y la pieza desapareció dentro de tierra y bajo una capa de yerbas y pedruscos. Hecho esto, se dispersaron, y situados en alturas fragosas, acecharon el paso de la columna. Temía Fago que los de la venta, por miedo o cobardía, revelaran el secreto a la tropa, o a la patrulla de chapelgorris, que seguramente vendría de noche; recelaba que si no los hombres, las mujeres, siempre charlatanas y enredadoras, dejaran traslucir algo, y no tenía tranquilidad hasta no salir de aquella comprometida situación. Al anochecer pasó la columna sin detenerse, circunstancia felicísima a que los expedicionarios debieron su salvación: sin duda quería llegar a Azcoitia a hora conveniente para alojarse. Los escopeteros tirotearon como a un cuarto de legua más abajo, conforme Fago les había advertido: todo iba bien, admirablemente combinado por la previsión suya, ayudada del acaso. Sólo podía entorpecer el éxito la inopinada presencia de los miqueletes, sobre todo si algún maligno o indiscreto les ponía sobre la pista del enterrado tesoro; pero este peligro se disponían a conjurarlo Chomín y Gorria, proponiéndose quitar de en medio a la patrulla, sin darle tiempo a respirar.