Zumalacárregui
Zumalacárregui Un bramido de Ulibarri indicaba, sin duda, su conformidad con declaración tan grave. Y el otro, cayendo de rodillas, como penitente cuyo corazón se despedaza, siguió: «El señor D. Adrián debe saber que este hombre sin ventura puso término a su existencia borrascosa abrazando, con pleno arrepentimiento de aquella vida, el estado eclesiástico. Dos padres de Veruela me acogieron moribundo de cuerpo, dañado del alma, y me curaron, enseñándome los caminos de Dios, contrarios a los del pecado, por donde yo venÃa. De Veruela pasé a Jaca, donde recibà enseñanza eclesiástica; de Jaca lleváronme a Oloron, de Francia, y, allà canté misa. Diferentes vicisitudes trajéronme luego a FuenterrabÃa, y de allà a Oñate, donde continuaba mis estudios cuando sobrevino esta espantosa guerra. El Sr. Arespacochaga me tomó de capellán, y con él heme incorporado al Cuartel Real, al que sigo por obediencia y reconocimiento a mis favorecedores… Dios ha querido someterme a esta prueba durÃsima, poniendo mi conciencia, aún turbada, frente a la del hombre en quien reconozco las virtudes que yo no tuve. ¡Y me traen a auxiliarle en su muerte, a mà que necesito del auxilio de su perdón para poder dar tranquilidad a mi vida tristÃsima! ¡Y me dicen: «Confiésale, para que podamos matarle…», a mà que en rigor de justicia debiera recibir de esas nobles manos la muerte, a mà que no acierto a ejercer ahora mi carácter sacerdotal, pues antes de perdonar en nombre de Dios necesito que en nombre de Dios se me perdone…! Para esto, noble señor mÃo, es forzoso que yo declare y confiese mis delitos, anteriores a mi conversión, en aquellos dÃas en que mi vida era toda libertinaje, escándalo, vergüenza… Y firme en mi conciencia, declaro que mi ceguedad me llevó a los mayores vilipendios. Yo, José Fago, seduje y arrebaté del hogar paterno a la hija única de D. Adrián Ulibarri, ante quien depongo ahora todo el fárrago de mis culpas. Enamorado de Saloma, que asà nombraban familiarmente a Salomé, y no pudiendo obtener de usted el consentimiento para casarme con ella, la hice mÃa con escándalo… Huimos a las Villas de Aragón, y de allà a tierra de Barbastro… Después pasaron cosas que usted ignora, o que sabe por noticias incompletas, lejanas, y yo he de decÃrselas ahora con sinceridad y contrición, como si hablara con Dios en el tribunal de la penitencia. Ahora es usted mi sacerdote… Óigame, D. Adrián».