Zumalacárregui
Zumalacárregui Más aterrado que curioso, en aquella inopinada fase de su agonía, el alcalde no remuzgaba[1]. Su mano inquieta golpeaba un rimero de palitroques. Del montón de madera despedazada caían por el suelo doradas astillas, trozos con cabecitas de ángel y florones churriguerescos. Al propio tiempo, el duro cráneo del reo golpeaba con ritmo lúgubre la pared, y el polvo ensuciaba su venerable canicie.