Zumalacárregui

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Saloma era entre los parásitos como una huésped: daba un tanto al día por participar de su comida, y también comerciaba en pequeña escala. Conocía por sus nombres y apellidos a un centenar de soldados cristinos de todas armas; mas no se crea que andaba entre ellos con malos fines: les trataba, les tenía ley, se interesaba en sus triunfos, dábales alientos con palabras expresivas; pero se mantenía fiel al granadero Manuel Díaz, natural de Herramélluri, entre Haro y Santo Domingo de la Calzada; mocetón de buen ver, que más pronto tomaba las mozas que las trincheras de la facción. No era esta cuadrilla la única que seguía las legiones de la Reina; había otras, y algunas promiscuaban, sirviendo a carlistas y constitucionales alternativamente, según les convenía.

A mitad de la comida, se arrancó Saloma con este grave aforismo: «Un aragonés no puede ser cobarde, aunque sea clérigo, señor de Fago… Esto lo digo yo que soy de Borja…

—Es verdad —replicó el capellán haciendo honor a las calientes sopas—. Un aragonés es… un aragonés.

—Y está dicho todo. El día que se desbarate España, para volver a jacerla tendrán que poner por pedernal del cimiento los corazones de Aragón.

—Y que lo digas. ¿No piensa lo mesmo el señor cura?


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