Zumalacárregui

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—Lo mismo pienso, y en verdad os aseguro que deshonro a mi tierra, porque soy cobarde. Me creí valiente… me engañé a mí mismo, me engañaron diciéndome que era yo muy entero.

—Y en cuanto oyó los primeros tiros…

—No, no fue a los primeros tiros, sino a los últimos.

—Eso sí que es raro —dijo Saloma—. Pues mire, Padrico, ándese con cuidado, que si le cogen los faiciosos, le afusilan por desertor, y si le pescan los cristinos, no lo pasará bien… Ya se está usted quitando las ensinias de sargento. Como no tiene uniforme, no le estorba el chaquetón; pero algo debe disfrazarse, que aunque sea falso, a veces no parece que lo es, y hasta podrían tomarle por un valiente triste, quiere decirse, aflegidico por mor de amores o qué sé yo qué».

Tal era el desaliento de Fago y tan aplanante su pasividad, que no hizo el menor movimiento cuando Saloma descosió con sus puercas uñas las insignias que en las mangas llevaba.

—«Y ahora, si no quiere que sospechen, quédese con nosotros —agregó la baturra—, y aquí comerá de lo que haiga. Si no tiene dinero para el gasto, no le importe, que a mí no me falta un duro para los amigos, y más si son de la tierra… Donde yo estoy, está Aragón… Conque…».


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