Zumalacárregui

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No quiso el Consejero dar su brazo a torcer tan pronto ni declarar el efecto que la solemne manifestación del aragonés le había producido. Dominando su turbación, echó mano de su gravedad, del recurso de las medias palabras que nada dicen, y parecen revelar pensamientos hondos… «Tengamos calma… Yo opino… ¿Cree usted que a mí se me engaña… que no sé distinguir?… Poco a poco. Ya sabe que le aprecio, que le he protegido, que mi mayor gozo es verle triunfante de la calumnia…

—¿Me cree usted, sí o no?

—Calma, señor capellán… Puede que de esta conferencia salga la certidumbre de que no es usted traidor… Yo la deseo… estoy dispuesto a admitir todas las explicaciones razonables.

—Y hay más —declaró Fago con enérgica resolución y acento firmísimo—: creo que todo eso que a usted le cuentan sus espías y polizontes, es falso. Unos por congraciarse con sus jefes y aparentar servicios ilusorios, otros por la recompensa pecuniaria que se les da, le traen a usted mil embustes y enredos… No hay, no hay, no puede haber tales tratos entre el ejército de la legitimidad y el ejército impío; yo lo niego: le engañan a usted, abusan de su credulidad, Sr. D. Fructuoso.


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