Zumalacárregui

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—¡Carape!… ahora sí que tengo a usted por un inocente, digno de que le entierren con palma —replicó el Consejero alardeando de hombre agudo, sabedor de secretos gravísimos—. Admito… ya ve usted si le considero… admito que mi capellán no tenga parte alguna en esos enjuagues y componendas… Las manifestaciones que usted acaba de hacerme serían una hipocresía monstruosa si no fuesen verdaderas. Admito su inocencia, Sr. Fago; pero dudar de que existen proyectos contrarios a las grandiosas aspiraciones de nuestro Rey augusto… ¡ah!… eso no, eso no puedo dudarlo; porque en mi mano tengo más de un hilo, que me traerá el ovillo de esta indigna conjura. Todos los servidores de Su Majestad no tienen el mismo grado de fe y entusiasmo. No diré que nos vendan al enemigo, eso no… Pero algunos, o por falta de convicción o por exceso de soberbia, buscan la alianza con determinados personajes cristinos, proponiéndoles concesiones políticas, señor mío; ofreciendo cosas tan absurdas como el otorgamiento de una Constitución prudente, y libertades que no están ni pueden estar en nuestro programa, porque son contrarias al dogma religioso… Total: que se quiere acelerar el triunfo de la causa, por medio de un arreglo en el cual quedarían por el suelo las sagradas prerrogativas de nuestro Soberano… Y yo pregunto: ¿triunfar de ese modo es verdadero triunfo?».



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