Zumalacárregui
Zumalacárregui Fago no chistó. Las ideas expresadas por su patrono eran de tal extrañeza y novedad, que no podía, sin mayor detenimiento, admitirlas ni rechazarlas.
«No hablo de traición, no —dijo el Consejero en el tono de quien no quiere manifestar más que una parte de lo que sabe—, porque si ha llegado la hora de las intrigas, no ha llegado, ni quizás llegue, la hora de las traiciones. ¿Me entiende usted? Yo pregunto: ¿las operaciones de nuestro ejército obedecen a un plan conveniente y práctico? Yo creo que no. No se necesita ser estratégico de profesión para comprender que, derrotada la impiedad en Arquijas, nuestros soldados vencedores debieron perseguirla en el camino de Los Arcos, batirla aquí y en Viana, y después acometer sin miedo el paso del Ebro por Logroño, o por Cenicero, si el paso de Cenicero se creía más seguro. ¿Usted qué opina?
—Que por Cenicero.