Zumalacárregui
Zumalacárregui —Ya, ya sé… Si he de hablar con franqueza, Sr. D. Fructuoso de mi alma, esa página histórica no resulta muy gloriosa que digamos… expreso lo que siento… y bien mirado ello es un acto político más que militar.
—Yo le aseguro a usted —afirmó el Consejero enfáticamente—, y puedo probarlo, que el Sr. González Moreno posee en grado altísimo talentos militares, con los cuales emulará, Deo volente, a los caudillos más insignes».
Con estas salidas de tono, expresadas en el lenguaje oficinesco que tan bien manejaba, solía tapar D. Fructuoso las bocas de diversos personajes, amigos o rivales suyos, con quienes comúnmente departía, y que si no le eran inferiores en cacumen, no le llegaban al zancajo en la emisión de conceptos graves, de fácil sonsonete persuasivo. Fingió Fago que se convencía aceptando al Sr. Moreno por un segundo Napoleón, se permitió poner en duda la ciencia militar de los que sahumaban con vano incienso la persona del llamado Rey legítimo.