Zumalacárregui

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«Dejemos este asunto del cambio de General —dijo luego D. Fructuoso desarrugando el ceño—, a la autoridad augusta del Soberano, y ocupémonos en lo que es de nuestra humilde incumbencia. Encargado estoy de velar por la seguridad de esta gloriosa Monarquía; a mí me compete el acechar a los enemigos, el buscarles las vueltas y atajarles los pasos. Creo haber, adquirido noticias de grandísimo precio para desbaratar las intrigas de los constitucionales; pero la red es tan espesa, amigo mío, que aún me falta coger muchos de sus hilos. Los que andan sueltos por ahí espero atraparlos con la ayuda de usted.

—¡Yo! ¿Qué puedo hacer yo, triste de mí?

—Mucho, amigo Fago, mucho. Las dudas que acerca de su lealtad me asaltaron al verle hoy, se han disipado. Creo en su inocencia. Para creer en su adhesión incondicional a la causa, necesito que me preste usted un servicio… ¡ah!, un servicio que no vacilo en llamar eminente.

—Dígamelo pronto, y si es cosa que puedo y sé…

—¿Que si puede y sabe? No se le exige ciencia militar ni teología dogmática. Ésta no es empresa de guerrero ni de sacerdote.

—¿Pues de qué?


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