Zumalacárregui
Zumalacárregui —De hombre… simplemente de hombre, Sr. Fago. La causa exige de usted en estos momentos que deje a un lado las aptitudes militares, si es que las tiene, y las disposiciones evangélicas, para no ser más que el José Fago vulgar, el de marras.
—No entiendo, Sr. D. Fructuoso; explíquemelo mejor.
—Más claro: necesito que vaya usted en seguimiento de esa mujer, que la rastree, que la persiga, que la encuentre y me la traiga.
—¿Ésa…?
—Esa Mé… o como quiera que se llame. No se haga usted el tonto. Yo le señalaré un itinerario seguro para encontrarla. Verá usted como no falla, y cobraremos esa hermosa pieza, ya se disfrace de monja dominica, ya de aldeana rústica o ama de cría. Para ganar su confianza y apoderarse de sus secretos empleará usted los medios que crea eficaces, cualesquiera que sean, pues la santidad del fin todo lo justifica y ennoblece. Quiero decir que no sea usted remilgado, pues ésa debe de ser pájara de cuenta… en fin, ¿qué he de decirle, si usted mejor que yo la conoce?