Zumalacárregui
Zumalacárregui —Sr. D. Fructuoso de mi alma —dijo el capellán con gran consternación, palideciendo—. Yo no puedo desempeñar esa comisión… yo no quiero ni debo ver a esa mujer, a quien conocí y traté más de lo conveniente, en mis tiempos de seglar desalmado y libertino. Mi conciencia me prohíbe avivar el fuego que sofoqué para bien de mi alma… No me lance usted a ese peligro, por Dios; se lo ruego…
—¡Hombre, qué ridículos escrúpulos!… Yo no le digo a usted que caiga nuevamente en el pecado, ni de eso se trata. Ya sé que habló con un sacerdote. Pero la causa es la causa, y no se la puede servir eficazmente sin algún sacrificio… No pido el sacrificio de la conciencia; basta con el de los actos, basta con una apariencia de… Poniéndome en su caso, entiendo que no me sería difícil conquistar o reconquistar la voluntad de esa hembra, conservando mi conciencia en paz, y ofreciendo a Dios la pureza de mis intenciones y el servicio que presto a la fe, como garantía de la nulidad de algún pecadillo formal que pudiera cometer… formal digo, de forma, per accidens… usted me entiende.
—Dispénseme usted —dijo Fago con grandísima turbación, la frente empapada en sudor frío—; pero yo no puedo, no me determino… Me entra el pánico, señor; ese pánico que me hizo correr en el campo de batalla. No soy dueño de mí, no tengo voluntad.