Zumalacárregui
Zumalacárregui —Bueno, bueno: tranquílicese, amigo Don José… y piense con calma lo que le propongo, para que pueda darme de hoy a mañana su conformidad».
Trémulo y desconcertado, el capellán se levantó, tendiendo su mano a D. Fructuoso. Quería marcharse, huir, correr. Sentía las ansias del pánico, y no se conceptuaba seguro hasta no poner la mayor distancia posible entre su persona y la del grave Consejero, que era en aquel instante su demonio tentador. Aún quiso éste retenerle, estrechando sus manos abrasadas; pero Fago no podía más, no. Si no escapaba pronto, su temblor se convertiría en ataque epiléptico. Despidiose con palabras balbucientes, y salió de estampía, tropezando en los muebles, haciendo retemblar las hojas de la puerta.