Zumalacárregui
Zumalacárregui Por fin, gracias a Dios, dejó el camastro, y empezando a tomar alimento, recobraba las fuerzas del cuerpo y el vigor del espíritu. Aun después de restablecido conservaba la costumbre de permanecer largo rato mirando al techo, y era que como la estancia no tenía vistas al campo ni a la calle, sino tan sólo a un sombrío corral, el techo hacía las veces de horizonte, y en él vislumbraba el convaleciente las extrañas cosas que, en las vagas lejanías de la naturaleza, recrean nuestra alma más que nuestros ojos.
«Ea, ya estamos bien —dijo Arespacochaga, entrando a verle un día de Enero—. Basta ya de hacer el niño mimoso y el enfermito remolón. A la calle, al campo, y a defender la causa, que para eso vivimos todos. Conviene enterarle de lo ocurrido en este paréntesis de su enfermedad. ¿Qué dice?… ¿que no le importa nada?
—No he dicho tal cosa. Ya sé que nuestro ejército opera en Guipúzcoa.