Zumalacárregui
Zumalacárregui —Pues venga a las mías, ¡carambo!… venga —dijo el capellán levantándose y dando dos briosas patadas que hicieron estremecer el frágil suelo del desván—. Yo desempeñaré esa comisión, pues ya veo que no sirvo para otra. Soy un desgraciado que todo lo ambiciona y nada realiza. Me falló la guerra, no sé si me fallará la religión. Mi voluntad, que otras veces se ha lanzado a las acciones briosas, movida de una gran idea, ahora se lanza movida de un instinto. Mi destino así lo quiere. No sé en dónde me meto. Dios sabrá por dónde salgo».
Frotábase las manos el Consejero, y para animarle más en su propósito le dijo estas sesudas expresiones: «No estoy conforme, amigo Fago, en que dé usted por muertas sus ambiciones militares, ni las ambiciones, propósitos más bien, del orden religioso. Para abrir camino a un hombre que, como el capellán Fago, posee inteligencia no común, no han de faltarle buenos padrinos. Aquí estoy yo, para declarar solemnemente que si me desempeña esta comisión como espero, quedo obligado a proporcionar a usted el mando de una columna volante de doscientos hombres. Quien puede disponerlo, lo dispondrá. Y en el caso de que mi buen capellán se decida por la religión, me obligo a premiar sus servicios, el día del triunfo, con una buena canonjía, o un arciprestazgo de los mejores».