Zumalacárregui
Zumalacárregui —No creo que la Generalísima intervenga para nada en esto.
—Debo decirle, amigo Fago, que no tenga escrúpulos por tratarse de emprender la captura moral y física de persona perteneciente a una Orden religiosa. Eso no; convénzase de que no es monja: si viste el santo hábito, es como disfraz de sus pérfidas maquinaciones. No haya, pues, escrúpulos; no haya, pues, el temor de ofender a Dios… Dios está con nosotros.
—¡Ah… Dios…! No llevo el propósito de ofenderle… Quizás me resulte que podré servirle, arrancando al demonio un alma hermosa, extraviada. Aún espero realizar una acción grande y bella. Puede que tras de este instinto surja un esfuerzo brioso de la voluntad. No lo sé. Me dejo llevar del instinto, que a veces nos guía mejor que la razón… Adiós otra vez».
Y salió en aquel mismo instante, solo, vestido de aldeano, y se perdió en las veredas fragosas que conducen a Maestu. ¿A dónde iba? Realmente no lo sabía, y al tomar aquella dirección, como habría tomado otra cualquiera, no hizo más que entregarse al ciego Acaso, saboreando el goce de prever lo que le deparase, como saborean los jugadores las presunciones y corazonadas que preceden al manejo de los naipes.