Zumalacárregui

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Nadie se atrevió a replicar a tan sabios conceptos. Fago, taciturno, se retiró al humildísimo lecho que le habían preparado, y a la mañana siguiente muy temprano partió, andando largo trecho con los pastores. En Narcués encontraron un convoy faccioso de heridos de la tercera acción de Arquijas, que iba hacia la Amézcoa, custodiado por alaveses, entre los cuales Fago apenas tenía conocimientos. Lejos de intentar escabullirse, su generoso corazón le impulsó a llegarse a los carros, en la parada que hicieron para proveerse de agua fresca, y ofreciéndose a prestar cualquier auxilio que fuese necesario, examinó a los heridos, buscando semblantes de amigos y compañeros. A no pocos reconoció; muy viva fue su pena al ver entre ellos al grande, al gigantesco Gorria en lastimoso estado, con un balazo en el hombro derecho y otro en el muslo. El poderoso atleta sufría con cristiana entereza el dolor de su carne, y estrechando la mano del amigo, díjole que no sentía morirse más que por no ver triunfante la causa del Rey católico. En cuatro palabras le dio idea de la acción librada frente al Ega, la más encarnizada y mortal de aquella campaña. «Perdidas muchas almas; pero ganadas y bien ganadas las posiciones. Ahora, a Los Arcos».




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