Zumalacárregui
Zumalacárregui Aprovechando el alto, fueron curados los que más necesidad tenían de emplastos y vendajes; dieron alimento a los que lo pidieron; agua y vino a los sedientos, que eran los más; a todos frases de consuelo y esperanza. En los carros que iban a la zaga se habían muerto dos antes de llegar a Narcués. Ayudó Fago a poner los cadáveres en tierra, y hallándose en este trajín, vio dos monjas dominicas que prestaban servicio sanitario en la galera próxima. Al llegarse a ellas con viva curiosidad, una de las dos, joven y agraciada, le miró atentamente. El capellán no desconocía, no, aquel rostro que, a pesar de las tocas y de la monjil compostura, no había dejado de ser vivaracho. Ella fue la que primero se arrancó a hablarle: «José Fago, ¿crees que no te conozco? En tres años, poco has cambiado. ¿No sabes quién soy?
—Oh, sí —replicó el capellán con alegría, súbitamente iluminada su memoria—. Eres… el nombre no lo recuerdo… la hija de D. Valentín Ulibarri, de Villafranca de Navarra, prima hermana de…
—Soy Pilar Ulibarri. Cuando yo profesé, tú eras un perdido. Luego te hiciste sacerdote… ¿Qué clase de sacerdote eres? ¿Eres bueno o un demonio coronado?