Zumalacárregui

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—Si no es pecado el guerrear y desearle al enemigo todos los males, ningún pecado tengo, señor de Fago; pues ni mentira, ni estropicio, ni nada de mujeres encuentro en mi conciencia, por más que en ella rebusco. Y si algo hay de que no me acuerdo, perdónemelo Dios y lléveme a su santo seno… Soy soldado de la religión… Muero peleando contra los ateístas… Señor mío Jesucristo…».

Siguió rezando entre dientes, mientras Fago con entera voz le encomendaba. Aprovechando un momento lúcido, le preguntó si tenía algo que disponer tocante a intereses. La respuesta fue breve: «No tengo más bienes que el prado de Urrestillo, cerca de Azpeitia, y un huerto con doce manzanos y un peral. Quiero que sea para Dominica, la hermana de mi difunta, que tiene seis hijos. El dinero que llevo sobre mí… aquí está… Cójalo para que mande que me apliquen una misa… Ya no hay más bienes… digo, sí, mi cuerpo: este cuerpo que vale por dos, se lo dejo a la tierra… Enterrado en mi huerto… ¡qué rico abono para los manzanos!… Mi alma para Dios… y vámonos al cielo… ¿Los que pelean y matan entran en el reino de Dios? Yo he matado ayer más de veinte cristinos. ¿Ellos y yo entraremos juntos en la gloria eterna, o es que los cristinos que luchan por el ateísmo no pueden entrar?… Dígamelo».


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