Zumalacárregui
Zumalacárregui Terminadas las trincheras del Puy, les llevaron al otro lado del río, junto a San Pedro la Rúa, la interesantísima iglesia románica. En las alturas que la dominan, y en las ruinas próximas de un excelso monasterio, se trabajaba para fortificar la ciudad, cuya situación, dentro de un círculo de elevados montes, era en extremo peligrosa para la guarnición, si ésta no se posesionaba fácilmente de todas las alturas. Otros diez días transcurrieron sin que el pobre Fago viese alterada la acompasada tristeza de su existencia; la evasión no se le presentaba fácil ni aun posible, por la vigilancia que se ejercía sobre los presos. Ya iba transcurrido cerca de un mes de aquella muerte lenta, cuando el acaso le hizo una mueca que le pareció precursora de acontecimientos extraordinarios, y, por consiguiente, favorables. He aquí el suceso: un cabo de Gerona que le había mostrado benevolencia, y benevolencia quería decir menos crueldad y grosería de lo que se acostumbraba, le entregó, a la conclusión del trabajo, un lío conteniendo dos panes, media docena de chorizos, cuatro manzanas y algunos cigarros, todo envuelto dentro de una servilleta sucia. El obsequio, que en tales circunstancias era de una extraordinaria magnificencia, procedía, según el cabo, de una señora que se interesaba por el pobre capellán prisionero. ¿Cómo se llamaba? El mensajero no lo sabía. ¿Qué señas tenía? Alta, morena, guapetona. No necesitó más Fago para creer que era la hija de Ulibarri quien le favorecía, y extrañaba que no acompañase al regalito una carta en que se le ofreciera la libertad, o se le propusieran los medios de conseguirla. Todo el día, loco de júbilo, se lo pasó pensando en ella, y su imaginación soñadora veía llegar por momentos segundo mensaje con esquela o recado entablando comunicación para tratar de libertarle. La esclavitud le había entontecido; pensaba y sentía como un niño, y creía verosímiles y probables los más absurdos delirios de la mente. Su desilusión fue grande al siguiente día, cuando por referencias del propio cabo y de otro soldado de Gerona, vino a cerciorarse de que la señora a quien debía el obsequio no era otra que Saloma la baturra. La cuadrilla del Tío Concejil había entrado en Estella cuatro días antes, arrimada a la división de Gurrea.