Zumalacárregui

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En su desaliento, pensó el capellán con seguro juicio que, pues no le salían amigos de valía por ninguna parte, era forzoso buscar el arrimo y calor de los seres humildes que se habían acordado de favorecerle en su desventura. Mandó un recado a Saloma la baturra para que a verle fuera, y una tarde, hallándose en las obras del puente de Azucareros, se le presentó Uva saludándole afectuoso en nombre de toda la cuadrilla. Las señoras no iban por no dar que hablar. La visita fue de grandísimo consuelo para Fago, y los conceptos que de boca del cantinero oyó, resucitaron en el alma del prisionero las muertas esperanzas.

«El día que entramos —dijo Uva—, le vimos a usted trabajando en San Pedro. Pero no quisimos decirle nada por no llamar la atención… que nosotros tenemos que andar con mucho ten con ten, para que nos consientan nuestro tráfico… Sepa el señor capellán que en la guarnición hay algunos jefes aragoneses, y entre ellos uno que… Tengo por cierto que ha de conocerle a usted, porque es de la Canal de Verdún, o de junto a Tiermas.

—¿Cómo se llama?

—Don Rodrigo de Arbués… alto, seco… Paréceme que es comandante o teniente coronel… No estoy seguro.


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