Zumalacárregui
Zumalacárregui En estas cosas se pasó todo Febrero. Las operaciones militares eran a la sazón en el Baztán. Decíase que la guarnición de Elizondo, incorporada a las tropas de Lorenzo, partiría… quién sabe para dónde. Transcurrieron muchos días sin saberse nada concreto; días de expectación, que por lo común engendran el desaliento. Mina inspiraba poca confianza por causa de su enfermiza vejez: notaban todos la desproporción entre sus arrogantes proyectos y la ineficacia de los resultados que obtenía, que eran medianos, malos más bien. Zumalacárregui, dotado de una movilidad prodigiosa, tan pronto se le aparecía junto al Pirineo como en la frontera de Álava. Con rapidez más propia de aves que de hombres se presentaba en la Ribera cuando le perseguían en la Borunda. El ejército de la Reina, más numeroso que el carlista, érale inferior en agilidad, quizás por su mayor fuerza y extensión. Faltábale una cabeza superior, un pastor de tropas que supiera conducirle por los laberintos de aquella fortaleza ingente, Navarra, construida por Dios para la guerra civil. La cabeza no parecía: el Gobierno de Madrid seguía buscándola, y ya se indicaba al Ministro de la Guerra, General D. Jerónimo Valdés. De todo hablaban en las aburridas tertulias de la guarnición, y no había nadie que no deseara combates rudos y decisivos. Las noticias de las acciones parciales llegaban un día y otro, desfiguradas en su paso al través del país en guerra. El ataque y gloriosa defensa del fuerte de Echarri Aranaz se comentaba como una de las páginas más gloriosas de la milicia cristina; los combates de Fuenmayor y Ulzama, como una prueba más de las innegables dotes estratégicas del General de D. Carlos. Súpose también que éste había creado el batallón de la Legitimidad, que con el de Guías agrandaba y fortalecía su ejército. Por fin, era común creencia que la facción no pasaría jamás el Ebro, que Zumalacárregui había pedido 400.000 cartuchos y 100.000 pesos para extender operaciones a los llanos de Castilla, y como el pretendiente no podía darle ni municiones ni dinero en tal cantidad, porque no tenía de dónde sacarlo, contaban todos con el desfallecimiento de la causa, para dar al traste con ella, si antes no apencaba con el arreglo que se le proponía. Andaba en estos cabildeos D. Miguel Zumalacárregui, regente de la Audiencia de Burgos y afecto a la Reina. Cartas afectuosas se cruzaron entre los dos hermanos, llevadas y traídas por los oficiales cristinos Vidondo y Eraso. De todo esto se hablaba, así como de la próxima intervención de los ingleses para dar a la guerra un carácter más humano, estableciendo el canje de prisioneros y otras prácticas de la guerra, tal como hacerla sabían las naciones más civilizadas.