Zumalacárregui
Zumalacárregui Como jarro de agua fría cayó este aviso sobre la ardiente voluntad del caudillo guipuzcoano, y de malísimo talante se puso en marcha hacia Segura, pasando por Ormáiztegui, su pueblo natal, donde sus paisanos y amigos le acogieron llorando de entusiasmo y cariño, apenados de ver cómo se acentuaba en su rostro la tristeza, que atribuían a la falta de salud, efecto del desmedido trabajo. Los laureles ganados en tan corto tiempo, las ventajas adquiridas en la conquista del suelo español para la Monarquía absoluta, más parecían entristecer que alegrar al héroe de aquella campaña. Su mirada penetrante se fijaba con mayor tenacidad en el suelo, y su cuerpo se encorvaba hacia la tierra, cediendo más al peso de las aprensiones y cuidados que al de las triunfales coronas que su frente ceñía. En Segura fue recibido afablemente por D. Carlos, que se mostró benévolo y agradecido, estimando mucho el ánimo, la perseverancia y abnegación que en el mando del ejército desplegaba. Abrevió el caudillo su visita cuanto pudo, no sólo por la prisa de expugnar a Vergara, sino porque le asfixiaba la atmósfera, el tufo de camarilla; y aunque ninguno de los corifeos del Cuartel Real le mostraba desafecto, no ignoraba que en la tertulia del Rey y en los corrillos de toda aquella caterva de vagos y aduladores se le iba formando una opinión adversa, regateándole sus méritos o servicios, censurando sus actos. Las victorias que uno y otro día alcanzaba la facción se atribuían al valor de las tropas realistas y al desmayo y falta de fe de las de la Reina. Indudablemente Zumalacárregui, según los habladores y comentaristas del Cuartel Real, había hecho bastante, quizás mucho; pero sin duda pudo hacer más, y seguramente otro General se habría plantado ya en tierra de Castilla, abriendo al Rey legítimo el camino de Madrid. Los estratégicos de gabinete, o de corrillos callejeros, hormigueaban en la Corte trashumante, y los últimos covachuelistas y acólitos se permitían planes de guerra. Ganaba terreno la opinión de que el propio Rey debía ponerse al frente del ejército y dirigir por sí mismo las operaciones, en la seguridad de que el Espíritu Santo, como a predilecto de Dios, le asistiría con luces de ciencia militar, concediéndole los laureles de Pelayo, los Alfonsos y el Cid.