Zumalacárregui
Zumalacárregui —No estoy conforme —dijo el Párroco gravemente, tomando y ofreciendo de su rapé oloroso—. En las cosas de guerra se prefiere siempre lo fácil a lo difícil. Si ese criterio prevalece, que nos den el mando a los curas, y pónganse los militares a rezar.
—Justo… ésa es mi opinión y la de todo el que discurra con buena lógica —afirmó Arespacochaga—. Acométanse las cosas difíciles, que las fáciles, las de cuesta abajo, por sí solas se resolverán luego. Pues bien, señores: a mí me tocó la honra de concretar la cuestión en el consejo. Su Majestad tuvo la dignación de pedir mi dictamen, y yo… respetando las razones estratégicas que expuesto había mi señor D. Tomás, llevé el problema al terreno político, alegando altas razones, de más peso que las razones militares, y mirando al decoro y dignidad del Trono. Palabras mías textuales: «¿Tiene el General D. Tomás Zumalacárregui fuerzas para tomar a Bilbao? Si considera que no las tiene, nada digo. Pero si cree, como creen conmigo otros príncipes de la Milicia, a cuya autorizada opinión me remito, que tiene fuerzas sobradas para tal empresa, no debe hablarse una palabra más del asunto. Pues el Rey quiere que se tome a Bilbao, esto basta para que se intente la empresa, no siendo, como no es, imposible».
—Bien, admirable… ¿y qué contestó?