Zumalacárregui
Zumalacárregui —Por de pronto, ni una palabra. Parecía desconcertado. Su rostro de color de cera permaneció inalterable. El Rey, mientras yo peroraba, no quitó de mí sus ojos, asintiendo con fuertes cabezadas. Zumalacárregui, apremiado por Su Majestad para que concretase si era posible o no tomar la plaza, no se atrevió a negar que poseía fuerza bastante para tal fin. Allí nos habló de que las dificultades podrían sobrevenir después. Pero no nos convencimos, ni Su Majestad tampoco. En fin, señores, el consejo acordó el ataque a Bilbao… y mande quien mande las operaciones, Bilbao será nuestro antes de quince días.
—¡Mande quien mande! —repitió Ibarburu—. ¿Luego cree usted probable que dimita?
—Sí; pero también creo que no se le admitirá la dimisión. Si se le aceptara, no faltaría un General de grandes miras y conocimiento que llevara nuestros batallones a este gran triunfo, y así lo llamo porque Bilbao carlista es el empréstito holandés, y con dinero, que es lo único que nos falta, haremos un caminito seguro y breve por donde las Reinas de Madrid se vayan a Francia, y nosotros a la Villa y Corte».