Zumalacárregui
Zumalacárregui Llevole adentro y arriba, y tuvo la suerte de sorprender al General en uno de esos instantes en que la espontaneidad no puede contenerse, y en que se manifiestan sin rebozo los sentimientos que llenan el corazón. Acompañaban a D. Tomás su amigo íntimo D. Juan Francisco de Alzaa y el dueño de la casa, D. Matías Elosegui. Quitándose el capote y arrojándolo sobre una silla, como si con él arrojara la investidura de General en jefe, dio una patada y dijo con rabia: «Esto es inaguantable… Ya lo presentía yo… ¡Tener que ejecutar proyectos que juzgo disparatados en el estado actual de cosas!». Sin hacer gran caso de lo que tímidamente le dijo D. Matías para calmar su irritación, dejose caer en un sofá con notorio desaliento, y expresó con estas graves palabras la grande agitación de su noble espíritu: «Dejo a la enfermedad o a una bala enemiga el cuidado de sacarme de esta situación».