Zumalacárregui
Zumalacárregui Oído esto, se arrancó Ibarburu con un encomiástico discurso, pronunciado con cierto énfasis político: «Mi General, quien ha conquistado los lauros que enaltecen el nombre glorioso de Zumalacárregui, ese nombre escrito ya con letras de oro en el libro de la Historia, nada debe temer. Donde vaya Zumalacárregui irá la victoria. Nuestro Rey reina por el esfuerzo de este gran caudillo, y por el camino de Bilbao, lo mismo que por el de Vitoria, con la ayuda de Dios nuestro Padre, y de la Reina de los Cielos María Santísima, las tropas que con sabia mano rige vuecencia llevarán a la Corte de las Españas al representante de la Monarquía legítima y de los derechos de la Religión».
Con una mirada benévola y dos o tres monosílabos de modestia, rechazando honores tan desmedidos, disimuló Zumalacárregui el desprecio que le merecían las gárrulas demostraciones del capellán de su ejército. Entró a este punto el médico, y el General se fue con él a su habitación.