Zumalacárregui

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Contento de sí mismo y del buen golpe que había dado, Ibarburu salió en busca de otros capellanes y militronches amigos suyos, para dar un paseo y poder contar cuanto sabía; noticias bebidas en los propios manantiales de información. Toda la tarde estuvo despotricando: en la conversación deambulatoria, el optimismo embriagaba las almas de los pobres ojalateros, pues cuál más, cuál menos, todos tenían sus esperanzas de medro en diferentes carreras y profesiones. Al regresar a sus hogares, donde les esperaba la menestra de borrajas, la sopita, el huevo pasado, et reliqua, se mecían en dulcísimas ilusiones. Éste veía las insignias de coronel, aquél la congrua eclesiástica, el uno la judicial toga, el otro la mitra, y todos estos símbolos de autoridad y posición se les representaban en forma extrañísima, bombas y granadas cayendo sobre la infeliz Bilbao.

A la siguiente mañana, y cuando el señor capellán a partir se disponía con el ejército por el camino de Durango, le anunció su patrón una visita, advirtiéndole al propio tiempo que no la recibiera porque debía de ser enfadosa.

«¿Quién es?

—Señor, dos ermitaños que piden limosna; pretenden ver a usted para que les libre de no sé qué pena que se les ha impuesto por espías».


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