Zumalacárregui
Zumalacárregui Bajó presuroso el Sr. Ibarburu, y con indecible sorpresa reconoció en uno de los dos infelices que a implorar venÃan su protección, al mismÃsimo D. José Fago, ex-capellán, ex-sargento, santo en ciernes por temporadas, gran estratégico en ocasiones, y notado siempre por su falta de seso y sobra de ambiciones desapoderadas. VestÃa el desdichado aragonés un balandrán deslucido y roto, ceñido a la cintura por cuerda de esparto; calzaba alpargatas; habÃale crecido la barba y cabello, y su aspecto semisalvaje inspiraba más compasión que miedo.
«Amigo mÃo, ¿qué es esto? —le dijo Ibarburu con estupor no exento de severidad—. ¿Qué le pasa a usted? Nos dijeron que se habÃa dejado seducir por la impiedad cristina… yo no lo creÃ. Luego se corrió la voz de que habÃa perecido en la tremenda degollina de la Amézcoa… ¿Qué significa esa facha miserable, y quién es este hombre que le acompaña?
—Mi facha significa el desengaño de todas las cosas, el hastÃo del mundo y el gusto de la soledad… Y este que me acompaña es el santo ermitaño Borra, que tenÃa su cabaña en el monte Murumendi, y fue dÃas hace inicuamente expulsado de ella por los soldados de la facción, y luego él y yo perseguidos y amenazados de no sé qué horrendos castigos, por lo que llaman delito de vagancia y espionaje.