Zumalacárregui
Zumalacárregui —Señor capellán —dijo el otro con grave acento—: yo, Simeón Borra, vivía en Murumendi lejos de todo comercio con el mundo, consagrado a la oración y abominando de las opiniones que hacen fieras a los hombres y les llevan a guerrear. Con nadie me metía ni nunca hice daño a nadie. Vivía de lo que me querían dar y del fruto de una huertecilla. Este amigo vino a pedirme consejo para conseguir la paz de su alma: contome su historia; pidiome luego que le admitiese en mi compañía, y a ello me resistí: no quiero formar comunidad. Estableciose por mi advertencia en un sitio cercano a mi choza; labró la suya, y vivíamos como a dos tiros de fusil…
—Y cuando más seguros nos creemos —prosiguió Fago—, una columna facciosa nos destruye las casas; se nos acusa de espionaje; se nos amarra y nos traen aquí, donde hallamos un señor Mayor de plaza, hombre caritativo, el cual nos libra de la muerte y promete ponernos en libertad si hay alguien en el ejército que garantice que no somos rateros ni traidores».
Uno de los militares que les acompañaban manifestó que el menor castigo que podía imponérseles por espionaje era cortarles las orejas.