Zumalacárregui
Zumalacárregui Los militares, que atraídos de la curiosidad formaban corrillo en torno de los dos infelices, más se inclinaban a la burla compasiva que a la severidad. Ibarburu, profundamente apenado del lastimoso sino del que fue su amigo, y a quien verdaderamente apreciaba, le cogió de la mano, como si resueltamente bajo su amparo le tomase, y con acento firme dijo al militar que les acompañaba: «Bajo mi responsabilidad, amigo Zuazo, deje usted libres a estos hombres, pues a entrambos les tengo por tontos, que es lo mismo que decir inocentes. Váyanse a donde quieran, a hacer vida boba, que también podría ser vida regalona. Ea, despejen, que tenemos que marchar a Durango… Usted, señor santo Borrajo, o como quiera que se llame, puede ir a donde quiera, y volverse a su monte o al mismo infierno; pero lo que es a éste no le suelto. Amigo Fago, no puedo consentir que un hombre de su inteligencia y carácter se deje inducir a la extravagancia que revelan su traje y modos… no, no, no lo consiento, y si no de grado, por fuerza se viene usted con nosotros. Eh, amigo Zuazo, me le lleva usted por delante, entre bayonetas. Yo hablaré al Coronel, y respondo de que ordenará lo que digo… Adelante, entre bayonetas. Éste no puede ser libre; éste me pertenece: quiero salvarle de su propia insanidad, de su propia tristeza… En marcha… D. José Fago, es usted prisionero de su amigo el capellán Ibarburu. No haga resistencia, o el Coronel mandará que le apliquen cincuenta palos».