Zumalacárregui

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Ibarburu retirose a su alojamiento, en una casa del camino de Lezama, y durmió como un santo. El capellán aragonés se pasó en claro la noche, que era hermosísima, revolviendo en su mente los probables episodios del sitio. Grabada en su memoria tenía la configuración de la villa en la hondura, los montes que la rodeaban, sus líneas de defensa. Todo lo veía como si delante tuviera un bien detallado plano. Veía el entusiasmo de los bilbaínos, sus vehementísimos anhelos de rechazar cuantos asaltos diesen los de arriba con todo el coraje del mundo. No eran ellos menos corajudos y tercos: eran del propio pedernal que sirvió de componente a toda la raza. La contienda sería por de pronto reñidísima. ¡Sabe Dios qué sucedería después, cuando no tuviera la facción un grande ingenio militar que la dirigiese!… Llegose hasta Begoña; vio luz en la habitación del General, y estuvo contemplando el cuadro de claridad un buen espacio de tiempo. Allí pensaba el grande hombre. Lo mismo que él pensaba fuera, a la luz de las estrellas, el hombre pequeño e insignificante, a quien todos tenían por tonto o lunático.






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