Zumalacárregui
Zumalacárregui Sentose Fago en el arcón, a los pies de la cama, y tanta timidez y cortedad sentía, que apenas osó decir al General cosa alguna, fuera de las palabras elementales referentes a la salud, mejor dicho, a la enfermedad. Se sentía sobrecogido por la solemnidad misteriosa de la estancia, que le parecía santuario, y el enfermo un ser de algún reino inmediato a los cielos, ya que no de los cielos mismos. Ni podía acostumbrarse a ver en él al guerrero… No era, no, el bravo caudillo que discurría las admirables suertes estratégicas: era un santo consumido en la devoción y en las penitencias. Su palabra, ya cavernosa, llegaba a los oídos de Fago con un son remoto, como ahilado por la distancia.
«Los médicos —dijo— me aseguran que voy bien. Pero yo no acabo de creerles, amigo Fago. Y usted, ¿qué tal se encuentra? Me han dicho que ha estado usted malucho. Quizás no le siente este clima. A mí me gusta. Detesto el calor; me he criado en la humedad y en el frío de los montes de Guipúzcoa, y prefiero esta tierra, no sólo para vivir, sino para morirme.
—Yo también —afirmó el capellán Fago con arranque espontáneo—. Crea vuecencia que me gustaría morirme aquí mejor que en otra parte…
—¡Hombre, qué quiere usted que le diga! Murámonos donde Dios lo disponga. Lo mismo da.