Zumalacárregui
Zumalacárregui —En los tiempos que corren —dijo Fago contagiado de la intensísima melancolía del General—, tiempos de guerra y matanzas, en que vemos despreciada la vida de los hombres, nos morimos aquí o allá como si nos bebiéramos un vaso de agua… y nos quedamos tan frescos.
—Dice usted bien: la guerra es una gran escuela de resignación. Pero tal como la hemos hecho nosotros, y como la harán los que me sucedan a mí, no hay naturaleza que la resista. El que no muera de una bala, morirá de cansancio, o de los disgustos que se ocasionan…
—La guerra, digo yo, deben hacerla en primera línea aquellos a quienes directamente interesa… Verdad que si tuvieran que hacerla ellos, quizás no habría guerras, y los pueblos no se enterarían de que existen estas o las otras causas por las cuales es preciso morir».
Al oír esto, Zumalacárregui permaneció un instante silencioso mirando al techo.
«Pienso yo, mi General, que nos afanamos más de la cuenta por las que llaman causas, y que entre éstas, aun las que parecen más contradictorias, no hay diferencias tan grandes como grandes son y profundos los ríos de sangre que las separan…».