Zumalacárregui
Zumalacárregui Tampoco a esto contestó nada el General. Dio un cigarro a su amigo; encendieron ambos en una estufilla colocada en la mesa próxima a la cama, y al poco rato el herido reanudó la conversación, desviándola del terreno resbaladizo a que Fago quería llevarla.
«Yo le alabo a usted, señor capellán, el gusto de preferir la religión a la guerra. Al saber que tomaba asco a las cosas militares, me confirmé en la buena opinión que de usted tenía. Siempre me pareció usted un hombre de superior entendimiento, apto para todo.
—Vuecencia me favorece demasiado. No soy apto para nada.
—Me gusta la modestia, pero no tanta… Digo que ha hecho bien en volver a su vocación antigua, que es la verdadera. Y aunque usted posee dotes militares, bien lo he conocido, ha hecho bien en quitarse de esos afanes y de esos peligros, casi siempre mal recompensados. Vuélvase a su estado religioso, que allí encontrará el premio. Los méritos de guerra, por grandes que sean, no tienen recompensa ni aquí… ni allá.