Zumalacárregui
Zumalacárregui —Mi General —añadió Fago, viendo entrar a la señora de los pasos ligeros—, estoy molestando a vuecencia… Me retiro… Quiera Dios darle el alivio que merece.
—Bueno, amigo Fago: si desea marcharse, no le retengo más. Usted… me parece… también debe cuidarse.
—¡Mi vida es tan poco útil!… No digo naciones ni partidos; pero ni aun familia, ni persona alguna dependen de mí.
—¿Es usted solo?
—Tan solo, que no teniendo más que a mí mismo, paréceme que tengo mucho.
—Hay que cuidarse… conservar la vida todo lo que se pueda… Adiós, amigo Fago.
—Mi General, adiós.
—Y ya charlaremos otro poco… sabe Dios dónde y cuándo… Adiós.
—Adiós».